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    El último sepulturero que vive entre los muertos

    El 01/11/2011 01:51:17 h. por Ramon Bernabeu

     *Cristóbal Rollán y su mujer viven desde hace 24 años en una casa junto al cementerio de Villena.
    *Actualmente, quedan pocos sepultureros que residan en el camposanto.

    *Cristóbal no pudo evitar ponerse manos a la obra cuando enterró a su propia madre.

    *Sus cinco hijos se adaptaron como mejor supieron a vivir junto a panteones y tumbas, aunque alguno de ellos no pudiese conciliar el sueño la primera noche. Sin embargo, ahora  está dispuesto a seguir el oficio.


     

    El último sepulturero que vive entre los muertos
    Cristóbal Rollán delante de una de los impresionantes panteones el cementerio viejo.

     Cuando este redactor entró a la casa de Cristóbal, situada en el cementerio municipal de Villena, éste se encontraba plácidamente sentado en una mesa camilla junto a su mujer viendo una de las teleseries que cada tarde ofrecen los canales de televisión, como hacen habitualmente muchas familias en este país. Por lo que se puede apreciar a primera vista, en nada se diferencia el hogar de un sepulturero al del común de los mortales por muchas leyendas urbanas que hayan corrido a lo largo de los años. Fotos de boda, uno de sus vástagos con uniforme de la legión o acompañado de su escuadra de los Moros Nazaríes, son algunos de los recuerdos que cuelgan de las paredes de la vivienda. Y es que Cristóbal Rollán Silvestre fue zapatero antes que sepulturero.

    Como a muchos otros colegas, a Crsitóbal le pilló por sorpresa hace 25 años el cierre de la empresa de calzado en la que había trabajado desde muy joven. La fábrica cesó su actividad de golpe y porrazo y “me quedé en la calle y con una familia con 5 hijos que alimentar”, recuerda Cristóbal. Tras dar varios tumbos por oficios dispares, se enteró que el ayuntamiento sacaba una plaza de sepulturero y Cristobal no se lo pensó dos veces. “No estaban las cosas como para hacer ascos a ningún trabajo”, sugiere Cristóbal. Ni siquiera uno tan delicado y poco agradable como el de enterrar a sus semejantes. Pero a Cristóbal el puesto le vino como un auténtico regalo caído del cielo, ya que, no solo consiguió un trabajo fijo como funcionario, sino que “encima me pude venir a vivir aquí con mi mujer y mis cinco niños y eso me salvó porque en aquellos momentos no podía ni pagar la casa que teníamos en el barrio San Francisco”, y ello a pesar de tratarse de una vivienda de carácter social.

    Cristóbal advierte que no todo el mundo está preparado para convivir con tumbas y panteones y con un silencio sepulcral como único vecino. De hecho se puede afirmar que Cristóbal se ha convertido en una especie en extinción, al ser uno de los últimos sepultureros que reside todavía en el propio camposanto. “Ahora la gente joven prefiere vivir en un piso en la ciudad y yo lo comprendo porque no es muy agradable para la familia”, señala Cristóbal. Y si no que se lo digan a uno de sus hijos quien confiesa que “las primeras noches no pude pegar ojo pensando donde estábamos porque encima acababa de morirse un tío mío”. Sin embargo, veinticuatro años después, los fantasmas de la niñez han quedado totalmente superados y a este descendiente de Cristóbal no le importaría continuar el oficio de su padre. “ Pues y sabes, prepárate bien para cuando salga la plaza a concurso”, le recomienda sabiamente Cristóbal, porque el puesto ha perdido su carácter vitalicio como ocurría antaño. Aunque Cristóbal está contento por el hecho de que la mayor parte de su familia, incluidos sus nietos no muestran ningún recelo a la hora de visitar a los abuelos, tampoco oculta, sin embargo, que tanto él como su esposa han tenido que sufrir el destierro por parte de algún allegado que no ha sido capaz de asimilar los gajes de este oficio tan antiguo y necesario como la misma existencia.

    Por el contrario, a dos años de jubilarse, acostumbrado a la paz del cementerio, lo que más preocupa a Cristóbal es el proceso de adaptación a su nueva vida rodeado del mundanal ruido. “Cuando pasamos unos días en el piso de Villena estamos deseando regresar porque aquí se respira una tranquilidad que no se tiene en la ciudad”, explica Cristóbal mientras su señora asiente con la cabeza.

    A lo largo de sus 24 años de profesión, Cristóbal ha vivido situaciones de todo tipo. Algunas rocambolescas y otras desagradables como ver a una familia discutir por la herencia delante del féretro del difunto a punto de ser sepultado. También ha tenido que aguantar estoicamente algún improperio mientras trataba de desempeñar su trabajo de la mejor manera. Y, por supuesto, a Cristóbal le ha tocado pasar por el duro trance de tener que enterrar a seres conocidos. Ni siquiera fue capaz de inhibirse cuando falleció su propia madre, pese a que ese día estaba exento del servicio. “Cuando mis compañeros iban a meter el ataúd en el nicho no pude evitarlo y me quité la chaqueta y me arremangué la camisa para ayudarles”, recuerda emocionado Cristóbal.

    Cabe reseñar que la única jornada sagrada para un sepulturero es el Día de Todos los Santos. Los demás días del año toca trabajar, incluido Navidad.


    Incremento de incineraciones

    Entre las muchas funciones que desempeña Cristóbal Rollán, están las de inhumar, exhumar e incinerar cadáveres. Práctica que no se realizaba cuando empezó en el oficio y que, hoy en día, va en progresivo aumento. Todavía hay reticencias entre los usuarios en elegir la cremación, sin embargo Cristóbal considera que es la solución más práctica para todos. Claro que las cifras cantan, ya que de los casi 150 cuerpos que sepulta al año, apenas un diez por ciento son incinerados.

    Asimismo, la puesta en servicio del nuevo cementerio ha supuesto un claro beneficio, gracias a que los nichos tienen mayor dimensión y así se evitan contratiempos de última hora desagradables de ejecutar delante de los familiares. Con más de dos siglos de antigüedad, la vieja necrópolis presenta muchos inconvenientes. “Cuando nieva hay que cerrar el cementerio al público porque la nieve tarda días en deshacerse al tener las calles tan estrechas”, señala Sin embargo, a Cristóbal nunca le ha quitado el sueño ningún asunto relacionado con profanaciones de tumbas como el acaecido recientemente en el cementerio de Elda. Las únicas alteraciones de la paz reinante se han producido por alguna ridícula apuesta entre amigos después de envalentonarse “con una copa de más”, apunta Cristóbal.

     


     



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